
La palabra "socialista", frente a lo que induce a pensar quien, sintiéndose muy moderno, la quiere arrinconar en el museo de la historia, no designa ninguna esencia ahistórica. Pero estamos en esta historia quienes nos comprometemos con un proyecto de izquierda al que llamamos socialista por todo lo que supone: voluntad de transformación de la realidad con objetivos de justicia, de emancipación de los individuos y de liberación de los pueblos, de construcción social combatiendo la desigualdad, de economía solidaria y ecología efectiva, de democracia participativa y estados con derechos reconocidos y garantizados, de sociedades abiertas y entidades políticas federadas, de respeto a la diversidad y articulación de la pluralidad en un mundo globalizado y complejo... La palabra "socialista" va, pues, entreverada con otras cuyo fluir es posible rastrear desconstruyendo -sí, vale el osado término de Derrida- el entramado de su interrelación para poder reconstruir su significado. Lo que no es de recibo es una irreparable destrucción tras señuelo de fraudulenta modernización. Muchos socialistas nos negamos al gato por liebre, y a presentarnos ante la ciudadanía sin nombre. Y bien que sabemos que el que tenemos hay que limpiarlo.
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