22 de marzo de 2019

LUCHEMOS CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO ANTES DE QUE SEA TARDE.


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El Según informa la O.N.U. (15-3-19) “Cada minuto se compran un millón de botellas de plástico y, al año, se usan 500.000 millones de bolsas. Ocho millones de toneladas acaban en los océanos cada año, amenazando la vida marina”(…) En África “ alrededor de 1.5 millones de personas se han visto afectados ya en Mozambique y Malawi por el ciclón, cuyos vientos han alcanzado velocidades de 200 kilómetros. Uno de los puntos más afectados es la ciudad portuaria mozambiqueña de Beira densamente poblada”. La ciudad fue arrasada en un 90 % y hubo en torno a mil muertos. Según Cruz Roja, “más de 200.000 desaparecidos por el Ciclón IDAI en África”...

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Hace unos días encontraron una ballena muerta con 40 kilos de plástico en el estómago.  El  capitalismo contamina cada vez más y encima no paga y  con tal de producir ganancias para una minoría de parásitos, no tiene problemas en depredar y esquilmar al planeta Tierra. El efecto lógico de la explotación masiva de los  capitalistas es la destrucción del medio ambiente.

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El sistema capitalista tiene su lógica en producir al costo menor que sea y destruyendo lo que quieren, seres humanos o el mismo planeta. Por lo tanto, es imposible que las multinacionales capitalistas, que disfrutan de los beneficios de esta expoliación, se decidan a cambiar drásticamente la situación, sino que debemos luchar por obligarles a cambiar o quitarles el poder eligiendo gobiernos que defiendan de verdad a la ciudadanía.


Se viene debatiendo ampliamente sobre este problema del Cambio Climático y existe un consenso científico que el clima global se está viendo alterado de manera importante agudizándose desde el siglo pasado, como consecuencia del incremento de concentraciones de gases de efecto invernadero, tales como el dióxido de carbono, metano, óxidos nitrosos y clorofluorocarbonos. 

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Uno de los impactos que el uso de combustibles fósiles ha producido sobre el medio ambiente terrestre ha sido el aumento de la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. La cantidad de CO2 atmosférico había permanecido estable, aparentemente durante siglos, pero desde 1750 se ha incrementado en cerca de un 40 % aproximadamente.

Lo significativo de este cambio es que está provocando un aumento de la temperatura de la Tierra a través del proceso conocido como efecto invernadero. El dióxido de carbono atmosférico tiende a impedir que la radiación de onda larga escape al espacio exterior; dado que se produce más calor y puede escapar menos, la temperatura global de la Tierra aumenta. 


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Se estima que los patrones de precipitación global, con lluvias ácidas y otras distorsiones atmosféricas, también se ven alterados como respuesta a lo anterior. Existe un cierto acuerdo general sobre estas conclusiones, pero hay una incertidumbre con relación a las magnitudes y las tasas de estos cambios a escalas regionales y mundiales.

Asociada también al uso de combustibles fósiles, la acidificación se debe a la emisión de dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno por las centrales térmicas y por los escapes de los vehículos a motor. Estos productos interactúan con la luz del Sol, la humedad y los oxidantes produciendo ácido sulfúrico y nítrico, que son transportados por la circulación atmosférica y caen a tierra, arrastrados por la lluvia y la nieve en la llamada lluvia ácida, o en forma de depósitos secos, partículas y gases atmosféricos.

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Los expertos afirman que se están produciendo importantes alternaciones en los ecosistemas globales asociados a estos potenciales cambios que irán en aumento si no se toman medidas adecuadas que bajo el capitalismo especulador es difícil de encontrar ya que los ecologistas advierten en trabajos científicos realizados que los rangos de especies arbóreas, están mutando significativamente como resultados del cambio climático global que se está operando ya por lo que las medidas debieran estar siendo aplicadas de forma científica y globalmente planificada en beneficio de la humanidad y no de unos cientos de multinacionales privadas que no se pueden poner de acuerdo para un plan debido a su sistema de beneficio privado y competencia feroz. 

Si analizamos la situación del planeta a partir de 1970, por coincidir con éste el primer año en que se declaró el “Día de la Tierra”, se han perdido desde entonces 400 millones de zonas de árboles, los desiertos se han extendido en más de 450 millones de hectáreas, miles de animales y plantas se han extinguido y el planeta se deteriora vertiginosamente.

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Cada año se emiten a la atmósfera más de 90.000 millones de toneladas de gases contaminantes. La erosión del suelo se está acelerando en todos los continentes y está degradando unos 4.000 millones de hectáreas de tierra de cultivo y de pastoreo, lo que representa una seria amenaza para el abastecimiento global de víveres. Cada año la erosión de los suelos y otras formas de degradación de las tierras provocan una pérdida de entre 15 y 20 millones de hectáreas de tierras cultivables. En los países empobrecidos por el nuevo sistema de neocolonialismo económico,  la creciente necesidad de alimentos y leña han tenido como resultado la deforestación y cultivo de laderas con mucha pendiente, lo que ha producido una severa erosión de las mismas. 

Para complicar aún más el problema, hay que tener en cuenta la pérdida de tierras de cultivo de primera calidad debido a la industria, los pantanos, la expansión de las ciudades y las carreteras. La erosión del suelo y la pérdida de las tierras de cultivo y los bosques reducen además la capacidad de conservación de la humedad de los suelos y añade sedimentos a las corrientes de agua, los lagos y los embalses.

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El planeta Tierra está experimentando también un progresivo descenso en la calidad y disponibilidad del agua. En el año 2000, en torno a 508 millones de personas vivían en 31 países afectados por escasez de agua y, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente 1.100 millones de personas carecían de acceso a agua no contaminada. En 2017, o 17 años más tarde  ya son 2.100 millones de personas las que carecen de agua potable en el hogar. 

Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (7-2-18)  “Más de  844 millones de personas carecen incluso de un servicio básico de suministro de agua potable, cifra que incluye a 159 millones de personas que dependen de aguas superficiales. En el mundo, al menos 2.000 millones de personas se abastecen de una fuente de agua potable que está contaminada por heces.  El agua contaminada puede trasmitir enfermedades como diarrea, cólera, disentería, fiebre tifoidea y poliomielitis. Se calcula que la contaminación del agua potable provoca más de 502.000 muertos por diarrea al año. De aquí a 2015, la mitad de la población mundial vivirá en zonas de escases de agua”.

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En muchas regiones, las reservas de agua están contaminadas con productos químicos tóxicos y nitratos suministrados por las multinacionales sin apenas control. Las enfermedades transmitidas por el agua afectan a un tercio de la humanidad y matan a 10 millones de personas al año. Después de nueve años, la situación se sigue agravando lo que indica que el capitalismo no puede dar respuesta a las calamidades que su propio sistema produce. Cerca de 3.000 millones de personas tienen dificultades para alimentarse dignamente y más de 1.500 millones sufren enfermedades y hambrunas terribles.
        
Es cierto que existen controversias e incertidumbres con respecto a las implicaciones del cambio climático global y las respuestas de los ecosistemas, pero la tendencia global es que se puede traducir el proceso en un desequilibrio económico cada vez más pronunciado, siendo de vital importancia en países que dependen fundamentalmente de recursos naturales que son explotados vorazmente por la especulación capitalista sin control alguno. 

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Lo que resulta más grave es el impacto directo sobre los seres humanos, que puede tener consecuencias como la expansión de enfermedades infecciosas tropicales y de otra índole;  puede afectar en los incrementos de las inundaciones de terrenos costeros arrasando ciudades enteras, tormentas más virulentas e intensas que pueden provocar la extinción de incontables especies de animales y plantas, así como fracasos de cultivos en zonas vulnerables, incrementos de las sequías, avances de zonas desérticas y demás catástrofes medio ambientales que producirán hambrunas y mortandad terribles para la  humanidad. 

En las décadas de 1970 y 1980, los científicos empezaron a descubrir que la actividad descontrolada del sistema caótico capitalista estaba teniendo un impacto negativo sobre la capa de ozono, una región de la atmósfera que protege al planeta de los dañinos rayos ultravioleta. Si no existiera esa capa gaseosa, que se encuentra a unos 40 km de altitud sobre el nivel del mar, la vida sería imposible sobre nuestro planeta.

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Los estudios mostraron que la capa de ozono estaba siendo afectada por el uso creciente de clorofluorocarbonos (CFC, compuestos de flúor), que se emplean en refrigeración, aire acondicionado, disolventes de limpieza, materiales de empaquetado y aerosoles. El cloro, un producto químico secundario de los CFC ataca al ozono, que está formado por tres átomos de oxígeno, arrebatándole uno de ellos para formar monóxido de cloro. Éste reacciona a continuación con átomos de oxígeno para formar moléculas de oxígeno, liberando moléculas de cloro que descomponen más moléculas de ozono.

El adelgazamiento de la capa de ozono expone a la vida terrestre a un exceso de radiación ultravioleta, que puede producir cáncer de piel y cataratas, reducir la respuesta del sistema inmunitario, interferir en el proceso de fotosíntesis de las plantas y afectar al crecimiento del fitoplancton oceánico.
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El uso extensivo de pesticidas sintéticos derivados de los hidrocarburos clorados en el control de plagas, introducidos por las multinacionales sin un control exhaustivo comprobado para analizar el comportamiento en la salud de la humanidad, ha tenido efectos colaterales desastrosos para el medio ambiente y para la salud de los seres humanos, en particular para los jornaleros y campesinos que trabajan en los invernaderos.

Estos pesticidas organoclorados son muy persistentes y resistentes a la degradación biológica. Muy poco solubles en agua, se adhieren a los tejidos de las plantas y se acumulan en los suelos, el sustrato del fondo de las corrientes de agua y los estanques, y la atmósfera. Una vez volatilizados, los pesticidas se distribuyen por todo el mundo, contaminando áreas silvestres a gran distancia de las regiones agrícolas, e incluso en las zonas ártica y antártica.
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Aunque estos productos químicos sintéticos no existen en la naturaleza, penetran en la cadena alimentaria o directamente en los pulmones de los campesinos. Los pesticidas son ingeridos por los herbívoros o penetran directamente a través de la piel de organismos acuáticos como los peces y diversos invertebrados.
        
El pesticida se concentra aún más al pasar de los herbívoros a los  carnívoros. Alcanza elevadas concentraciones en los tejidos de los animales que ocupan los eslabones más altos de la cadena alimentaria, como el halcón peregrino, el águila y el quebrantahuesos. Los hidrocarburos clorados interfieren en el metabolismo del calcio de las aves, produciendo un adelgazamiento de las cáscaras de los huevos y el consiguiente fracaso reproductivo. Como resultado de ello, algunas grandes aves depredadoras y piscívoras se encuentran al borde de la extinción.

Todas esos estudios y conclusiones son conocidos por los gobiernos del mundo y llegaron incluso a tomar algunas medidas expresadas en numerosos estudios y conferencias cumbres pero luego son incumplidos y van de fracaso en fracaso, como demuestra la última reunión de la Cumbre del Clima (COP24) de Katowice (Polonia), celebrada en diciembre 2018,  donde salieron cada cual por su lado, siendo incapaces de desbloquear las negociaciones para poner en marcha el anterior Acuerdo de París, porque ninguna potencia quiere aportar recursos suficientes. El Presidente de EEUU  Trump, con Bolsonaro e igual que antes Rajoy, son contrarios a tomar medidas para frenar esas catástrofes y junto a los 197 representantes de los países que asistieron a esas Cumbres Medioambientales, son los responsables de la muerte del planeta Tierra y de las catástrofes humanas que provocan el Cambio Climático, por no acometer a tiempo las inversiones necesarias para frenarlo.  

ÁREA DE COMUNICACIÓN.
IZQUIERDA SOCIALISTA DE MÁLAGA-PSOE A