3 de mayo de 2013

45º Aniversario de la revolución de Mayo del 68. Cuando la clase obrera francesa hizo temblar al capital.


Al calor del auge de la lucha de clases en estos años de crisis, por primera vez en mucho tiempo los activistas de la izquierda  
 discuten sobre la inminencia de un estallido revolucionario en Europa y el papel que les toca en su preparación. Estudiando el Mayo del 68 francés, una de las primeras conclusiones es que intentar prever una posible rebelión social atendiendo a las intenciones de los dirigentes reformistas o burgueses es un error. La revolución que llevó a afirmar a De Gaulle ante el embajador estadounidense en París que “en pocos días los comunistas” estarían “en el poder”, estuvo muy lejos de empezar por la iniciativa de los líderes comunistas y socialistas. Por el contrario, y al igual que en la actualidad, la cúpula política y sindical de la izquierda no sólo había abandonado cualquier perspectiva de transformación socialista integrándose plenamente en el juego del parlamentarismo burgués, sino que se esforzaba en que las luchas sindicales se mantuvieran dispersas y sin el menor contenido anticapitalista. 


Síntomas para un estallido revolucionario.

Los marxistas somos muchas veces acusados de un exceso de optimismo que supuestamente desemboca en “análisis desequilibrados” sobre el estado de ánimo de las masas. Los escépticos, los quemados, los ex, siempre aluden a la “pasividad” de las grandes masas para justificar las derrotas. Sin embargo, no se puede aplicar la mera aritmética para medir el ambiente que hay bajo la superficie de la sociedad. Es necesario saber cuándo determinados conflictos, a pesar de representar un número reducido y no generalizarse instantáneamente al conjunto del movimiento, están anticipando la tónica general de la lucha de clases en el próximo periodo.
 
Un año antes del inicio de la revolución, en 1967, hubo un puñado de luchas muy radicalizadas que, desafiando las directrices sindicales, anunciaban la tormenta que estaba a punto de desatarse. Tal fue el caso de la huelga salvaje de Rodhiaceta, y también de Mans, donde los trabajadores llegaron a asaltar la prefectura de policía, o de Redon, donde los huelguistas cortaron las vías férreas mientras la patronal y los sindicatos negociaban una subida salarial. Por eso, en la actualidad, los marxistas subrayamos la importancia de movimientos como la Marea Blanca madrileña y la Plataforma de Afectados por las Hipotecas. Su desbordamiento de los límites impuestos por las direcciones de UGT y CCOO, su determinación y constancia, sus asambleas masivas, el protagonismo de su base, su fusión con la clase obrera, nos advierte del alto grado de radicalización existente en las entrañas de la sociedad.

De la huelga a la revolución social.

A finales de la década de los 60, los partidos y sindicatos mayoritarios de la izquierda francesa asfixiaban la movilización, obligando al movimiento obrero y juvenil a buscar cauces alternativos para expresarse. Esa es la explicación de por qué la ocupación de fábricas por parte de diez millones de obreros encontró su punto de ignición en la represión de una pequeña manifestación, en solidaridad con el pueblo vietnamita, de un millar de estudiantes de la universidad de Nanterre, celebrada el 20 de marzo de 1968. La juventud, más libre de los corsés impuestos por las organizaciones tradicionales, abrió la brecha para que el movimiento obrero liberara toda la frustración acumulada.
 
La ocupación de facultades y la detención de varios estudiantes, desató una escalada represiva por parte del gobierno de derechas que alimentó una espiral acción-reacción. Primero contagió al movimiento estudiantil de todo el país, con la ocupación de la Sorbona y la totalidad de las universidades, manifestaciones masivas en París y en cientos de localidades; para pasar, en pocos días, al conjunto de los trabajadores. El 19 de mayo había dos millones de obreros en huelga; el 20, cinco millones; el 21 eran ya ocho y el 28 de mayo eran diez los millones de asalariados en huelga. Las fábricas fueron ocupadas, con las factorías de Renault en primera línea de vanguardia. Los trabajadores de los medios de comunicación, del transporte, de numerosos sectores, incluso los actores se sumaron también a la lucha. Las organizaciones que se proclamaban de la izquierda revolucionaria crecieron de forma explosiva, muchas de ellas alimentándose del rechazo de las posiciones estalinistas sostenidas por el Partido Comunista Francés (PCF) durante décadas.
 
El movimiento huelguístico pronto se transformó en un levantamiento político que cuestionaba abiertamente el poder burgués. En Nantes, al igual que en otras ciudades, se creó un comité de huelga que dirigía todos los aspectos de la vida social, asemejándose cada vez más a un embrión de sóviet. Las capas medias simpatizaban también, como demostró la manifestación antigubernamental de 200.000 pequeños productores agrícolas en París. La lucha afectó de lleno al aparato del Estado, el sindicato de la policía se dirigió al Gobierno en los siguiente términos: “los oficiales de policía apreciamos las razones que inspiran a los huelguistas en demanda de aumentos salariales, y deploramos el hecho que nosotros no podamos participar, debido a la ley (…) Las autoridades públicas no deberían utilizar sistemáticamente a la policía contra las actuales luchas obreras”.
 
Las instituciones burguesas habían perdido el control. Mitterrand, dirigente socialista, declaraba: “no hay Estado”. Las condiciones para derrocar el capitalismo estaban maduras y el apoyo del resto de la clase obrera europea garantizado. Pero la oportunidad se desperdició. El ascenso revolucionario se enfrentaba a un gigantesco obstáculo: la determinación de los dirigentes socialdemócratas y estalinistas en preservar el capitalismo.

El papel del estalinismo.

Una especial responsabilidad recayó sobre el PCF, sin duda el partido decisivo y mayoritario entre la clase obrera. Sus dirigentes mostraron desde el primer momento su hostilidad hacia el movimiento juvenil. Los días 4 y 5 de mayo, la Federación del PC de París repartía una octavilla que bajo el título ‘Estudiantes: izquierdistas y fascistas hacen el juego al poder’ afirmaba: “Hoy se ve claramente adónde llevan los actos de los grupos izquierdistas… que tomando como pretexto los errores gubernamentales y especulando con el descontento de los estudiantes, intentan bloquear el funcionamiento de las facultades e impedir a la masa de alumnos que trabajen y se examinen normalmente. Así, estos falsos revolucionarios actúan objetivamente como aliados del poder gaullista y de su política… Crean un terreno propicio a las intervenciones policíacas…”.1 Georges Marchais, futuro secretario general del PCF, escribía en las páginas de L’Humanité: “Las tesis y la actividad de ‘estos revolucionarios’ hacen reír”.2 Si bien un sector de los dirigentes estudiantiles practicaba una actitud sectaria ante las grandes organizaciones obreras, no era ese el motivo de los ataques del PCF. La abrumadora campaña de descrédito contra la lucha juvenil lanzada por los líderes estalinistas estaba determinada por el objetivo de contener al movimiento obrero y desactivar la amenaza revolucionaria, desautorizando a quienes habían prendido la mecha.
 
Ante el ascenso incontenible de la actividad de las masas, la burguesía se mostró favorable a negociar antes de perderlo todo. Con los llamados ‘acuerdos de Grenelle’ firmados por los sindicatos y especialmente por la CGT, el sindicato mayoritario ligado al PCF, se logró un aumento salarial del 7%, la reducción de la jornada laboral, la flexibilización de la edad de jubilación, y muchas otras mejoras. Al igual que en la crisis revolucionaria francesa de junio de 1936, con estas concesiones se pretendía devolver la normalidad a los centros de trabajo. Pero, a pesar del esfuerzo de los dirigentes sindicales y de que los líderes estalinistas pusieron toda su autoridad en juego, la oferta de ‘paz’ fue rechazada de forma masiva.
 
Incansables en su actividad desmovilizadora, los jefes estalinistas recurrieron a la táctica de dividir al movimiento, estableciendo negociaciones sectoriales. Finalmente, y ante la falta de una alternativa clara para que la movilización diera un paso adelante, algunos sectores empezaron a descolgarse, iniciándose una caída generalizada de la lucha huelguística. Ello se combinó a su vez con maniobras de la clase dominante: el gobierno De Gaulle dimitió y se convocaron elecciones. Si De Gaulle eligió como eslogan electoral “El caos o yo”, los dirigentes comunistas se decidieron por otro no menos significativo “Contra la anarquía: por la paz y el orden, votad comunista”. Si la tarea era restaurar el orden burgués, los más capacitados para hacerlo eran los representantes políticos de la burguesía. La derecha ganó las elecciones, mientras que el PCF sufrió un fuerte varapalo, especialmente en el cinturón rojo de las ciudades.
 
La derrota no marcó un punto y final, sino un punto y seguido. Los trabajadores franceses no han perdido su combatividad. Su ‘no’ a la Constitución Europea, la huelga indefinida de las refinerías de petróleo, la rebelión de los liceos, son tan sólo algunas de las luchas protagonizadas en la última década. Tras desalojar del gobierno al derechista Sarkozy, se confirma la decepción por las falsas promesas de Hollande. Nuevamente, la frustración y la tensión crecen bajo la superficie. No dudamos que tarde o temprano se expresará en toda su plenitud volviendo a cuestionar quién debe mandar en la sociedad.

Escrito por Bárbara Areal. 


1. José Mª Vidal Villa, Mayo’68, Edit. Bruguera SA, Barcelona 1978, p. 178.
2. Ibid, p. 172.

2 de mayo de 2013

PRIMARIAS:


En junio de 1997, tras perder las elecciones generales el año anterior, Felipe González, para sorpresa de muchos, anunciaba que dejaba la secretaría general del PSOE. 

En ese XXXIV Congreso,  Felipe González hizo caso, quizás por primera y única vez, a la corriente de opinión Izquierda Socialista. Su portavoz federal, Antonio García Santesmases, ante la hecatombe del último período de gobierno del PSOE, venía reclamando por entonces que la mejor manera de cerrar la crisis interna y de afrontar la nueva etapa del gobierno de José María Aznar era que Felipe González diera un paso atrás. El líder lo entendió pero lo que no supo valorar fue las consecuencias que tendría designar directamente al nuevo secretario general. 

Joaquín Almunia era portavoz parlamentario en el Congreso de los Diputados y fiel ariete del felipismo frente a Alfonso Guerra, la verdadera pieza a batir en aquel Congreso. No hemos de olvidar que, desde que se perdieron las elecciones en marzo de 1996, el debate giraba en torno a si era posible que González continuara dirigiendo al PSOE pero sin Guerra. La dimisión de Felipe arrastró a la de Alfonso; sin embargo, el encumbramiento de Almunia como secretario general nació averiado. Los liderazgos no se heredan, se conquistan, decían los delegados.

            Esta es la razón por la que se afirmaba que Almunia carecía de legitimidad de origen. Mayoritariamente las bases hubieran aceptado con cierto sosiego que ese cargo lo ocupase Javier Solana pero sus compromisos con Bill Clinton le impedían abandonar la secretaría general de la OTAN. No obstante, la noche anterior de ser nombrado Almunia, muchos delegados propusieron que Josep Borrell -por cierto, nunca visto como "catalán" dada su vocación jacobina- encabezase una alternativa. Se proponía que los delegados votaran entre Almunia o Borrell. Este es el germen de las primarias internas que, a decir verdad, no son propiamente primarias como tampoco lo fue el proceso de elección de José Luis Rodríguez Zapatero. La novedad consistía, sin embargo, en que no se proponían dos listas alternativas completas, sino que lo que se disputara fuera el liderazgo: el jefe de filas. En ese tiempo, todo sea dicho, resultaba inconcebible que el secretario general se eligiera con independencia de la Ejecutiva.

            Aquella noche el intento fracasó pero cobró fuerza la simiente: se demandaron primarias entre los militantes para elegir al candidato en las elecciones del año 2000. Izquierda Socialista siempre había criticado el modelo cesarista de Felipe González: un partido subordinado a la conciencia del líder. Asimismo, en muchas ocasiones había advertido del peligro que conlleva la vertiente presidencialista en un sistema que es parlamentario. El votante español no elige a un presidente como es el caso francés o norteamericano, sino que lo que votamos son listas para el Parlamento. Es importante tener en cuenta que ambos sistemas son opuestos e introducir la mecánica electoral de uno en el otro podría acarrear situaciones indeseables.
             
Todos sabemos cómo acabó el experimento de Borrell: el PSOE no tenía la tradición del PNV, la bicefalia fue imposible porque, en resumen, el aparato se negaba a perder cuotas de poder y, además, el medio de comunicación "amigo", El País, hizo cuanto pudo para que Borrell no llegase a la meta final. Almunia terminó siendo el candidato. Aquel proceso produjo, sin duda, una gran frustración y la querella interna se enquistó aún más. Después del batacazo electoral -no perdamos de vista que Almunia, para mayor incredulidad de las bases del PSOE, había formalizado un pacto con Francisco Frutos, líder de Izquierda Unida, con el fin de representar una futura coalición de gobierno-, presentó su dimisión sin previo aviso. Tuvo que hacerlo de ese modo porque, de lo contrario, el aparato lo habría impedido.
              
Una gestora se encargó de preparar el XXXV Congreso y finalmente los delegados concurrieron sabiendo que se presentaban cuatro candidaturas: José Bono, José Luis Rodríguez Zapatero, Matilde Fernández y Rosa Díez. Aquí únicamente votaban los delegados para la secretaría general del PSOE, esto es, no hubo un proceso de primarias como ahora se reclama ni tampoco fue como en la elección del candidato a la presidencia del gobierno. Deseo significar una nota muy relevante: cuando se celebraron las primarias entre Borrell y Almunia muchos afiliados que habían dejado de pagar la cuota del Partido volvieron a las Agrupaciones para ponerse al día y no me equivoco si digo que también regresaron para cambiar las cosas y votar a Borrell. Aún hoy el aparato no ha digerido aquella píldora: la vuelta de las bases al Partido revelaba el increíble grado comatoso en que se encontraba la organización. ¿Qué se quería? Algo muy sencillo: democracia interna.

            En efecto, la elección de José Luis Rodríguez Zapatero marcó un primer esbozo de democracia interna. Sin embargo, tuvo un corolario perverso: "el que gana se lo lleva todo". Esto es, sus contrincantes quedaron reducidos a la insignificancia en la elección de la Ejecutiva. Tal vez se debió a que Bono, con ese inconmensurable aprecio que tiene de sí mismo, jugó al todo o nada. El hecho es que la democracia valió para la elección de candidatos pero posteriormente no para la toma de decisiones. Dicho de otra forma, la Ejecutiva era monolítica en torno al líder: no integraba en la toma de decisiones a las otras sensibilidades. Así pues, el Partido se deslizaba por una pendiente cada vez más presidencialista hasta que alcanzó su máxima cumbre cuando, del 9 al 10 de mayo de 2010, Rodríguez Zapatero, sin consultarlo con la organización ni con el grupo parlamentario, adoptó una serie de medidas que aún estamos pagando. ¿No hubiera sido más lógico que, al menos, hubiese convocado al grupo parlamentario para someter a debate semejante cambio de rumbo? Si no podía celebrarse un Comité Federal Extraordinario dada la urgencia de los hechos, ¿qué menos que reunir en el Congreso a los diputados y senadores con el fin de que valorasen el alcance de esas medidas? En suma, la mezcla entre el modelo presidencialista y la tenaza de la disciplina de partido provocó un mayor ahondamiento en el sentimiento de lejanía entre la cúpula y la militancia. Ya no era sólo que las bases no contaban sino también los propios cuadros del Partido.

            Paradójicamente, en toda su trayectoria, Rodríguez Zapatero no había parado de hablar de las bondades de la "democracia deliberativa". ¡Menuda "deliberación"! A partir de ahí todo quedaba bien atado mediante el salvoconducto de la "responsabilidad". Comenzó a funcionar el engranaje diabólico de la responsabilidad: si disientes, eres un irresponsable porque das argumentos a la derecha y si, por el bien del Partido, callas, entonces eres responsable de tu silencio. En cualquier caso, siempre serás culpable. Cuando una organización entra en la lógica de que sólo caben la "lealtad" o la "salida" está firmando la sentencia de muerte de la democracia interna. Una institución de este tipo se transforma, según sea el carácter del líder político de turno, o bien en un cuartel o bien en una iglesia y sus militantes pasan a ser respectivamente reclutas o feligreses y, en el peor de los casos, reclutas feligreses (¡que también abundan!).

            Además de la lealtad y la salida, una organización para ser verdaderamente democrática tiene que garantizar la "voz", esto es, el disenso en sus propias filas. Democracia interna no es sino admitir la posibilidad y existencia del disenso en la estructura orgánica interna. Y que tales manifestaciones, si cuentan con un grado suficiente de apoyo, aunque sean minoritarias, no sean condenadas al ostracismo. La historia del Partido Socialista ofrece sobradas pruebas de que nadie está en posesión de la verdad absoluta (como en la Iglesia) ni tampoco funciona "manu militari" (como en el cuartel). En definitiva, ni reclutas ni feligreses, queremos ser ciudadanos fuera y dentro del Partido.

            En consecuencia, es obligado repensar cómo se articula la democracia interna porque lo que es obvio es que las primarias (entendidas como un hombre, un voto) refuerzan el sentido de mayor participación para elegir candidatos (sea para secretario general, sea para el concurso electoral) pero, sin embargo, dejan muy en el aire el mecanismo que debe garantizar la integración orgánica de las distintas posiciones ideológicas. Y, por favor, que no se diga que ahora no es el momento de debatir estas cosas porque hay más de seis millones de parados. ¿Es que estamos gobernando o vamos a gobernar dentro de unos meses? Ahora no toca gobernar, lo que ahora toca es que arreglemos el follón interno. Democracia sí, pero cómo. Para elegir al líder es necesaria, pero insuficiente para que el partido de verdad se democratice. 


Mario Salvatierra Saru.
29 de abril de 2013