6 de marzo de 2013

RESPUESTA A LA CARTA DE MARIO SALVATIERRA.



Estimado amigo:

Contesto a su carta publicada en el blog de Izquierda Socialista de Málaga.
 Al leer sus palabras, y el acertado análisis de la realidad que salía de ellas, he pensado que serían capaces de sacarme del abatimiento y la confusión que sufro desde hace un tiempo, como posiblemente muchos de mis conciudadanos, muchos de mis ex compañeros de partido y muchos de mis, desde hace unos días, ex compañeros de sindicato.

Acepto el análisis sobre el desencanto y la indignación que genera Europa, igual que aplaudo su claridad para plantear el problema de los nacionalismos. Llegando al final de su carta he empezado a notar que la confusión se apoderaba de mi mente, no sé si de sus palabras. Esperaba una solución brillante, aunque sé que a nadie podemos pedir un milagro semejante en estos momentos, porque usted me había generado la dosis necesaria de esperanza. No ha sido así, la sociedad actual está enredada y el sistema está tan enredado como ella, es un nudo gordiano del que saldremos de una manera o de otra, pero creo que con ninguna de las soluciones que usted quiere adelantar.

El tiempo apremia y la reacción del partido socialista (ya somos muchos los que dudamos de ese nombre) se hace esperar, demasiado, porque quienes controlan el aparato frenan para que nada se mueva, y quienes intentamos que se mueva (quizá las bases) nos sentimos impotentes, como si intentásemos mover una montaña. Algo similar ocurre con los sindicatos de clase, se han acomodado tanto a un ritmo mortecino y burgués, que no ofrecen más alternativa que el continuismo, mientras se desangran en un continuo goteo de bajas de afiliados, que a nadie parece importarle. Y no es cierto que la culpa sea solo de los ataques neoliberales, no es cierto, porque la mala imagen que arrastran se la han ganado a pulso y se la están ganando cada día.

Vivimos unos tiempos tan convulsos, de tanto sufrimiento, de tanta rabia, que ya no es momento de palabras que diseñan estrategias, ya no es tiempo de lamentos confusos, ya no hay lugar para remozar lo que necesita una reforma completa. Es tan acuciante la necesidad de respuesta, que piden a gritos los ciudadanos, que no se puede hacer otra cosa que dejar de escondernos detrás de las siglas y salir a la calle para gritar con ellos. La mayoría, así lo estamos haciendo, mientras que los aparatos sindicales y políticos del socialismo -que no es tal, que es socialdemocracia- se dedican a sujetar los muros de la casa para que no se desplomen.

Mientras no exista una voz contundente que sea capaz de sacar a los auténticos socialistas a la calle, para mezclarse entre la gente, sin avergonzarse de las siglas, no habrá solución. Mientras lo políticos estrella no se manchen con el sufrimiento de la calle, nadie creerá en ellos. Se acabaron los tiempos de las palabras adornadas, de los maquillajes que únicamente disimulan la vergüenza. Es el momento del grito, de la rabia, de la denuncia contundente y el arrepentimiento por la forma en la que nos hemos dejado arrastrar por los acontecimientos. La gente en los trabajos no cree en los sindicatos, los ciudadanos no creen en los políticos. Muchos sindicalistas hemos dejado creer en nuestro propio sindicato, porque nos vende a la mínima, como en el caso de la Administración del Estado, donde unos pocos liberados (si, liberados) en Madrid, nos han vendido a todos, con nocturnidad y alevosía, firmando un acuerdo con la Administración por el que borran de golpe todas las secciones sindicales de los centros. ¿Qué democracia sindical es esta? ¿Bajo qué componendas nos dirigen? Y no conformes con firmar un acuerdo a espaldas de todos, nos lo ocultaron y en algunas provincias no supimos nada de su existencia hasta pasadas dos semanas.  Esto es fruto de las medidas neoliberales, si, pero amparadas por nuestros propios dirigentes sindicales y políticos.

Es hora de llamar a las cosas por su nombre, dejarse de paños calientes, de remiendos ridículos. Es el momento de ser contundentes, de lanzar frases como bombas en el Parlamento o en los medios de comunicación, como hacía Pablo Iglesias. Vivimos un momento histórico y los momentos históricos no son para los mediocres, son para quienes se dejan la piel y ponen en riesgo su vida defendiendo su ideología y su dignidad a gritos, codo con codo con nuestros convecinos, con el sufrimiento de los desahuciados, con la angustia de los parados que ven acercarse el abismo de la miseria. Ya no es momento para políticas de ajedrez, ni para estrategias de ejecutivos asépticos. Este es tiempo de sudor, de dolor, de vértigo y la mayoría dudamos que quienes nos dirigen, en el partido o en el sindicato, estén para sufrir, para sudar o para vivir el vértigo.

Y mientras ustedes hablan de esas cosas sobre el tapete, la sociedad no duerme, no está anestesiada, se está moviendo lentamente, por las bases, reorganizándose, manifestándose, planteando salidas desde abajo, para regenerarlo todo o para romperle las costuras a un sistema que se niega a reconocer sus errores y que no quiere replantearse su existencia seriamente. Cuando nos demos cuenta, habrán surgido movimientos en todos los centros de trabajo, en todas las calles, de forma espontánea, uniendo a personas desencantadas con otros que nunca estuvieron encantadas y se empezará a construir una sociedad nueva, inevitablemente, con la fuerza imparable que siempre genera lo nuevo. Esto es un cambio de paradigma, esto es un pulso entre lo nuevo y lo viejo. Y el viejo paradigma se vacía por la línea de fuga donde están saliendo del sistema los ciudadanos, a puñados, a oleadas. Ya no es tiempo de maquillajes, es el momento de que cada uno se plantee si permanece con lo viejo o se embarca en la aventura vertiginosa de construir una nueva sociedad, con nuevos mimbres, un paradigma nuevo.

Un saludo.
Jesús del Río Martín.

5 de marzo de 2013

CARTA ABIERTA DE MARIO SALVATIERRA:

  1. CARTA ABIERTA A LOS/AS COMPAÑEROS/AS
    DE IZQUIERDA SOCIALISTA

    Mario Salvatierra Saru.
    Marzo de 2013

    Compañeros y compañeras:

    Son muchos los temas que en estos momentos están provocando una profunda alarma social y que nosotros, como miembros de la Corriente de Opinión Izquierda Socialista, inexorablemente tenemos que abordar. Tal vez nunca antes como ahora se están cuestionando tantas cosas a la vez y con una virulencia inusitada. Señalaré algunas de ellas y no por orden de importancia porque todas concurren conjuntamente y, aunque a primera vista no lo parezca, están interconectadas.


    Europa ya no se vislumbra como una fuente de esperanza. En lo político, Europa carece de liderazgo como Unión de Estados dado que Alemania, único país europeo que funciona conforme a los intereses egoístas del Estado-Nación, en virtud de una estrategia maquiavélica de Ángela Merkel, juega a la ambigüedad calculada con gran rentabilidad para el poder económico germano y de nefastas consecuencias para la integración europea. En lo económico, la prevalencia del modelo neoliberal, austeridad más tijeretazo en el gasto social, está destrozando las coordenadas elementales para generar crecimiento y, en consecuencia, empleo. La mayoría de la población de la Europa del Sur percibe que estabilidad de la tecno-burocracia de la Comisión Europea y el bienestar de los mercados financieros, es decir, la tranquilidad de las élites políticas y económicas, acarrea la ruptura del modelo social europeo y el malestar de una ciudadanía desamparada.

    Recientemente hubo elecciones en Italia y quien estuvo gobernando el país hasta hace unos días, Mario Monti, ha obtenido un pésimo resultado y, sin embargo, Europa del Norte le indica a los italianos que tienen que perseverar en las mismas políticas económicas de recorte. ¿Para qué hubo elecciones si en lo fundamental tienen que hacer lo mismo? ¿Para qué sirve la democracia? Hubo un tiempo en que hablábamos de las “promesas incumplidas” de la democracia, pero había promesas. Ahora estamos ante un nuevo dictado: “democracia sin promesas”.

    En consecuencia, desde el mismo nódulo de Europa se está cuestionando los fundamentos de la democracia. Las bases de la democracia liberal se tambalean y esto no ocurre únicamente porque determinado país tenga un sistema electoral fallido o un sistema de partidos perverso, sino que se deriva de la hoja de ruta que se está diseñando en la Unión Europea: “elecciones sin políticas”. Quien gane – sea conservador, liberal, populista o socialdemócrata- tendrá que hacer lo mismo. Conclusión: Política es Destino.

    Por si fuera poco, dentro de nuestras fronteras las cosas se agravan. La actual estructura territorial del Estado, que en su origen nació cuestionada, ya no da más de sí. De un lado, es una anomalía que en pleno siglo XXI subsistan “derechos históricos de los territorios forales” (Disposición Adicional Primera de la Constitución) de carácter predemocrático que, en lo que respecta al ordenamiento financiero, genera de hecho un sistema “confederal” suscitando, de ese modo, un sentimiento de agravio comparativo entre las distintas naciones y regiones de España. Puestos los privilegios en unos, es inevitable la pregunta de por qué nosotros no. Si de verdad ahora queremos hacer las cosas bien, esto es, modificar la Constitución en una situación de igualdad entre todos los participantes, entonces tendremos que reconocer que la Constitución de 1978 nació marcada por dos grandes sombras: el peso del régimen franquista en las Fuerzas Armadas del Estado y en gran parte del establishment económico y, de otra parte, las dentelladas de ETA contra la estabilidad nacional. Sin estos condicionantes internos no se puede entender la Constitución de 1978. Ello no quiere decir que desde el exterior no hubiera ninguna clase de condicionantes y que los intereses geopolíticos, por ejemplo, de Estados Unidos de América fuesen totalmente ajenos de lo que se estaba haciendo en España. De otro lado, si bien es verdad que el régimen autonómico implicó una descentralización administrativa del Estado, no es menos cierto que, en relación a los distintos niveles de autogobierno político y en lo relativo al reconocimiento de los hechos diferenciales culturales de las nacionalidades, ha encallado su camino hacia una construcción federal del Estado. Prueba de este truncado recorrido es el actual funcionamiento del Senado. Del agotamiento del modelo autonómico se sale con el federalismo. Es una quimera pensar que la crisis territorial se resuelve volviendo al centralismo o bien a un jacobinismo “a la española”, es decir, amputándole el recorrido histórico que ha tenido en Francia.

    La unidad de España no se fortalece rechazando la heterogeneidad y diversidad de su contextura poblacional. Unidad no significa uniformidad ni tampoco igualdad significa identidad. Igualdad y diferencia: esta es la base para construir un proyecto común en el que no sólo podremos “conllevarnos” sino también “convivamos”. O reconocemos que España es una nación de naciones o terminaremos desgarrados por la fuerza centrípeta del nacionalismo españolista y la pulsión centrífuga del nacionalismo periférico. Ambos comparten la misma pretensión: a cada nación un Estado y a cada Estado una única nación. El nacionalismo se cimenta en la exclusión del otro y se alimenta con la exclusión de lo otro. Su cimiento y alimento es la exclusión.

    El único remedio eficaz contra el nacionalismo es la integración y la inclusión. Es viable la España nación de naciones desde un sentimiento compartido de proyecto común y desde el máximo respeto al derecho a la diferencia que no diferencia de derechos. De lo contrario, más bien temprano que tarde, iremos al choque entre ambos nacionalismos. Y nosotros, socialistas, que somos absolutamente conscientes de que la historia de España no es unidimensional y que cargamos con gran parte del pozo de la memoria de los republicanos vencidos en la guerra civil, sabemos que en este tema no podemos quedar en tierra de nadie, atrapados entre banderas que no son las nuestras, y arrugados por la propia complejidad del desafío. Defender a España como nación no es ser españolista y tampoco defender a Cataluña como nación es ser nacionalista.

    Por todo ello consideramos que es un error pensar que quienes defienden, desde una posición de izquierdas, el derecho a que en Cataluña haya una consulta sean sin más nacionalistas. ¿Es o no España un Estado plurinacional? Que el País Vasco y Cataluña son naciones –lo reconozca o no la Constitución- es un hecho. Obcecarse en negar el hecho a lo único que conduce es a radicalizar los extremos y a profundizar aún más en la división. Es lo que ha ocurrido en Cataluña con el tratamiento que ha dado el Tribunal Constitucional al Estatut. Guste o no, España es un Estado plurinacional y si la salida inteligente a este conflicto pasa por el federalismo, entonces hay que abordarlo desde un modelo de federalismo plurinacional y no desde el modelo decimonónico del federalismo nacional. Únicamente respetando a los distintos demos que configuran a España podremos librarnos del atolladero nacionalista. Los catalanes tienen derecho a decidir si quieren o no formar parte de España. Negarles ese derecho, en pleno siglo XXI, acentuará todavía más el sentimiento de independencia. Política es asumir riesgos y aceptar los desafíos. A nuestro juicio, lo mejor para Cataluña es que siga siendo parte de España y no que forme un todo aparte. Lo que ocurre es que, si no queremos que haya divorcio, entre las partes y el todo tiene que haber una nueva relación, esto es, un nuevo contrato. Y ese nuevo contrato pasa por asumir la cultura federal entre demos que tienen una profunda raigambre nacional. Sólo así, desde el reconocimiento y el respeto a las diversas realidades nacionales, saldremos de esta encrucijada.

    Sin embargo, la profunda crisis que está afectando a nuestro incipiente Estado de bienestar hace que, por una parte, se recrudezcan los prejuicios nacionales de unos contra otros, de tal suerte que el malestar de unos se aprecie como producto del bienestar de otros o viceversa y, por otra parte, quebranta la fraternidad entre los ciudadanos porque aventa el credo de que la única posibilidad de salir adelante es sometiéndose a la lucha de todos contra todos: el excluido contra el parado que cobra prestación, éste contra quien tiene un empleo en precario, éste contra el trabajador fijo con derechos, éste contra los funcionarios y así sucesivamente. Los de abajo no se salvan de la quema: tener trabajo con derechos es un privilegio. A pie de tierra se impone el modelo chino o, en el mejor de los casos, el modelo brasilero. Pero, ¿qué ocurre con los de arriba?

    El paradigma lo constituye la reciente visita a nuestro país de Mario Draghi. Mientras que miles de personas se manifiestan por los desahucios, miles claman contra el timo de las acciones preferentes y otras miles denuncian los recortes en sanidad, educación y políticas de igualdad, el presidente del Banco Central Europeo, artífice de la política del austericidio, es blindado en el Parlamento de tal manera que su intervención se realiza a puerta cerrada, cual si fuera un Rey celestial que no puede oír los gritos de la masa indignada. Esto es, los de arriba, quienes han provocado la crisis, se van de rositas. En definitiva, quieren hacernos creer que la crisis, el vaciamiento de las arcas del Estado, es producto de haber vivido por encima de nuestras posibilidades y de unos políticos que, inspirados en el cortoplacismo electoral, auspiciaron un consumismo irrefrenable con tal de mantenerse en la poltrona.

    En gran medida, han conseguido librarse de toda responsabilidad cargando el peso de la culpa exclusivamente en los políticos. Degradando a los políticos consiguen, a su vez, destrozar la política, es decir, el control democrático de la economía. El objetivo es bien claro: liberar a la economía de la política. Es el viejo anhelo del neoliberalismo: hacer que la economía escape de cualquier control político. Ocurre, no obstante, que mucha gente ya cree en este infundio. De ser una idea ha pasado a ser una creencia: ha calado el tópico de que todos los políticos son iguales y que lo mejor que puede ocurrir es que se vayan todos. Probablemente no todos se irán y los que se queden sean los peores: los populistas. Nacionalismo y populismo son las respuestas inmediatas a los actuales desafíos de la globalización económico-financiera. Y ambos tienen un poderoso atractivo: la fuerza de la emoción irracional.

    Asimismo, muchas personas parecen haber llegado a la siguiente conclusión: PSOE-PP, la misma mierda es. No habría, por tanto, diferencia entre la derecha y la izquierda o, mejor dicho, el PSOE es de derechas. De tanto pactar con el capitalismo la socialdemocracia habría llegado al final de su ciclo político. Son muchos quienes, desde una posición de izquierda radical, piensan que ha llegado la hora de enterrar a la socialdemocracia e iniciar la andadura de la nueva izquierda. No cabe duda de que la socialdemocracia española y, sobre todo, la europea tienen que repensarse e incluso tal vez refundarse, pero de ahí a afirmar que están muertas hay un largo trecho.

    Nuestro dilema no es o el PASOK o Syriza, ni tampoco o el PSOE o la calle. Estos son falsos dilemas. No tiene sentido político la protesta sin propuesta. ¿Propone la izquierda radical acabar con el capitalismo? ¿Propone la izquierda radical que Cataluña sea un Estado independiente? ¿O más bien tenemos que pensar que, en lo relativo a la economía, la izquierda radical se mueve en los parámetros de la socialdemocracia clásica? Aquella socialdemocracia que ellos, en la primera mitad del siglo pasado, criticaban por no haber dado el salto hacia el comunismo traicionando así a la clase obrera. Es decir, para la izquierda radical lo que antes era malo ahora es lo mejor. Y, en lo que respecta a la cuestión de las identidades, la izquierda radical apoya el derecho a decidir del pueblo de Cataluña, pero ¿decidir qué?, ¿una Cataluña independiente fuera de España pero no de Europa? ¿Qué es lo que van a decir? Aún no lo sabemos. A diferencia de otros países europeos, España padece, además de los conflictos de clases, un combate de identidades. Y esto no se resuelve pensando que si superamos el conflicto de clases, disolvemos los antagonismos de las identidades. Para bien o para mal, la realidad española es mucho más compleja.

    Por otra parte, no hay duda de que las diferentes mareas (verdes, blancas, negras, etc.) que se manifiestan en la calle están cargadas de razón. El Partido Popular ha adoptado una estrategia virulenta: el que resiste gana. Primero denigra a los propios actores de las mareas y luego a sus representantes sindicales. El mensaje es nítido: el PP no negocia. Hubo una manifestación masiva de mineros, otra de docentes, otra de personal sanitario y muchas más. Hasta ahora ninguna de ellas ha logrado doblarle el pulso al gobierno de Mariano Rajoy y, en consecuencia, se ha instalado la percepción general de que los sindicatos ya son incapaces de cumplir su función mediadora. A ello tenemos que sumarle la brutal campaña de los medios de comunicación contra los sindicatos. Se trata de deslegitimar a la única fuerza creíble que le queda a la clase trabajadora. La campaña de desprestigio llega al extremo de llamar a los liberados sindicales “los aristócratas” de la clase obrera. Para la élite económica tener un trabajo decente, con derechos, es moralmente indecente.

    Decíamos que la protesta sin propuesta no es política. Y esto es lo que ha ocurrido con el movimiento Wall Street: después de intensas jornadas de protestas ha quedado en nada. Y todo porque su fin se consumía en la mera representación callejera: se disolvió porque agotaron la protesta en la representación. La representación por la representación en sí misma no conduce a nada. O peor incluso, desemboca en la antipolítica. Es decir, se pasa del sentimiento de indignación al del fracaso y de ahí a la frustración y, por último, a la resignación. Nosotros, los socialistas, no podemos permitirnos semejante desenlace. Es imprescindible, entonces, hacer propuestas y hacernos cargo de que las vamos a cumplir. Ya no cabe un Parlamento a medias, que en raras ocasiones delibera de verdad, y jamás libera a la población de la opresión y de la dominación. Queremos que el Parlamento delibere y libere a los ciudadanos. Un Parlamento enjaulado representa la jaula del oprobio: incapaz de liberarse del corsé económico que impone el capitalismo financiero.

    El tema que tenemos que dilucidar, compañeras y compañeros, es quién o quiénes canalizan el profundo malestar de la ciudadanía. Parece evidente que el PSOE por si solo ni puede ni podrá encausar todas estas marejadas de protestas. Es más, el peligro que corre el PSOE es que pase a ser un partido irrelevante. A mi juicio, tres son las posibilidades que tenemos por delante: o el PSOE permanece atenazado por la responsabilidad de supeditarse a los dictados de los eurócratas sin dar un giro que rectifique el sendero emprendido, lo cual le llevará a terminar como el PASOK, o cambia de marcha o bien para promover una corrección al actual modelo del euro, o bien para romper con la moneda común. La solución no pasa por asumir el enorme sacrificio social que nos demanda la eurozona ni tampoco, por ahora, por romper con el euro. Necesitamos, en mi opinión, profundizar en el cambio de escenario: tratar de conseguir, junto a otras fuerzas políticas de izquierdas, con los sindicatos de clases, las distintas plataformas ciudadanas, la Confederación Europea de Sindicatos, etc., volver a recuperar el modelo social europeo. Esta es nuestra carta y también la forma de abordar el debate de manera madura y constructiva. Que esta es una tarea difícil, seguro; pero más vale tener un horizonte adelante que quedarnos en el vacío del nihilismo postmoderno.

    No obstante, nada de lo dicho hasta aquí se podrá hacer si no se produce una profunda renovación en el seno del PSOE. Tal vez no sea suficiente cambiar de liderazgo y, con él, de proyecto para recobrar la credibilidad perdida. Pero, sin duda alguna, esta es una condición necesaria para afrontar los retos que tenemos por delante.

    P.D. Como esta es una “carta abierta” que invita a la reflexión y al debate, me gustaría que cualquier comentario a ella me lo dirijáis a mi correo electrónico: msalvatierra@asambleamadrid.es

4 de marzo de 2013

LAS MASAS EXIGEN UN GIRO A LA IZQUIERDA.



 
Este fin de semana pasado, un compañero de Izquierda Socialista, dentro de un amplio debate de los que se organizan en la Red,  hacía un comentario en Facebook, sobre la situación de la izquierda y decía  que “Cada vez más militantes del PSOE están reclamando un giro a la izquierda y que el Partido debe reafirmar su carácter histórico de clase, de masas, democrático, federal, republicano y que defienda en unidad de acción con el resto de las fuerzas de izquierdas, un genuino programa socialista marxista para tumbar al PP y comenzar a salir de la recesión mediante la planificación científica de los recursos productivos poniendo la economía al servicio de la humanidad y no de un puñado de banqueros que no han sido elegidos por nadie y que ejercen la dictadura financiera del gran capital desde la Troika, la Trilateral y el Club Bilderberg”. (…)

Continuaba su comentario, junto a un acalorado debate,  con algunos párrafos interesantes que fue bastante acertado pues en el primer día de publicación ya lo habían leído más de 271 visitantes, lo que indica un inicio del proceso de politización e incremento del nivel de toma de conciencia de las masas que están expresando en la calle y en la red la necesidad de que los partidos de la izquierda, incluido el PSOE,IU y otros más a la izquierda,  se abran al debate y caminemos unidos en una política conjunta para hacerle frente a la ofensiva que está llevando a cabo el PP, aunque igualmente el debate contradictorio y de controversia también era participado por los más izquierdistas que afirman que ni con el PSOE ni con IU hay gran cosa que hacer, por lo que la discrepancia está servida.  

Lo que si es cierto es que la lucha por el giro a la izquierda y por la profundización de la democracia, hasta conseguir una genuina democracia social, la democracia de obrera, la democracia de los asalariados que somos la verdadera mayoría de la sociedad, la democracia socialista y de clase,  es una exigencia y es más necesaria que nunca ante la descomposición de la “democracia burguesa”, del sistema capitalista, que está siendo cada día más incompatible con la verdadera democracia, porque se ha convertido en la dictadura financiera del gran capital, dictado desde la Troika en  contra de los intereses de los económicamente más desfavorecidos.

Esa política de derechas, llevada a cabo en el Estado Español por el Partido Popular, es realizada solo  en beneficio de los grandes núcleos del capitalismo mafioso de casino. Por eso pensamos que ha llegado el momento de que, “o entre todos los socialistas tomamos la decisión de hacer un esfuerzo por luchar dentro del Partido por el giro a la izquierda que la clase trabajadora está exigiendo, fortaleciendo de forma clara la única corriente Estatutariamente reconocida como es Izquierda Socialista  o nos veremos abocados a ver surgir una Die Linke, que pueda encabezar cualquier Oscar Lafontaine a la española, como ocurrió ya en Alemania,  o quizás un Jean Luc  Mélenchon que aglutinen un “Front de Gauche” (Frente de Izquierda), como ha ocurrido en Francia o tal vez una Syriza a la española, como la que vemos en Grecia y que es reclamada por algunos grupos que intentan ya reconstruir la izquierda.

La disputa está en si eso surgirá en el seno de los partidos clásicos o por fuera de ellos, porque las masas están empujando y luchando en las calles ante los ataques furibundos de la Patronal, debido al favorecimiento legal que les está prestando el PP, que está crucificando y machacando a la clase trabajadora, por lo cual, si no rompemos con la dictadura financiera del gran capital impuesta por la Troika, no podremos encontrar nunca una salida digna y viable para la clase trabajadora.

Como estamos observando con la situación en Francia, desde el triundo del PSF liderado por François Hollande,  la alternativa al capitalismo no puede ser llevada a cabo por el programa de la socialdemocracia que es incapaz de romper con la lógica del capitalismo, sino que es preciso dar un paso más a la izquierda y plantear un programa genuinamente socialista. El simil que explicaba otro compañero diciendo que el poder financiero es como un pulpo que abraza a los partidos socialdemócratas mientras los debilita hasta su incapacidad para dar una respuesta válida es una realidad probada. En otras palabras el capitalismo, con su crisis estructural sistémica de sobreproducción, arrastra en su caída a la socialdemocracia que la convierte en un “simple “Tesorero” (tipo Bárcenas),  fagocitándole en el torbellino de ese capitalismo mafioso de casino que le impide servir a la clase trabajadora a la que en teoría se debe.

En la situación actual de esta democracia burguesa, corrupta, degenerada, putrefacta  y senil, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que ha fracasado como modelo liberal-burgués, haciéndose más necesario que nunca un nuevo modelo de democracia total, de democracia social, de democracia auténtica, desde el último rincón del país hasta la Jefatura del Estado, donde todos los cargos deberán ser elegibles y revocables por los ciudadanos de forma democrática y libre.

Es un clamor popular que la verdadera democracia y el verdadero socialismo, que es todo y la misma cosa, siguen latiendo fuerza en los corazones de la clase trabajadora que lucha por el giro a la izquierda y por un nuevo modelo que lleve en su programa como el primer objetivo derrotar y  tumbar al PP , junto con la  regeneración y la catarsis de las izquierdas,  con otra forma de hacer política que rechace rotundamente la corrupción que es consustancial al sistema capitalista.

Como vimos de nuevo el pasado 28-F en Andalucía, las masas en las calles exigían masivamente la dimisión del Gobierno PP y un giro en lo social para defender y avanzar en el Estado de Bienestar que habíamos empezado a construir y que ha sido arrasado por las políticas antisociales, los recortes y la contra-reforma laboral de Rajoy, con el drama de los 6 millones de parados y los 13 millones de personas sumidos en la pobreza.

Las encuestas señalan una situación muy peligrosa pues el 85 % de los encuestados responden que “los parlamentarios no trabajan de forma honesta”, aunque nosotros decimos que no se puede generalizar, porque hay unos de derechas que están a favor del sistema corrupto del capitalismo y otros que luchan a favor de los trabajadores. El 79 % de los encuestados le da un suspenso al Gobierno Rajoy, mientras I.U. sube del 9,1 al 15,3 y el PSOE se estanca.

Lo que si demuestras esas últimas encuestas es que la confianza en el PP se ha derrumbado por debajo del 26 %, del 44 % que obtuvieron en las últimas elecciones hace poco más de un año y la clase trabajadora lucha desesperadamente por rechazar esa política y promover un giro a la izquierda. Esa hecatombe del PP es natural porque con sus políticas están favoreciendo a los poderosos y los banqueros siguen contando sus beneficios con cifras de dos dígitos, mientras a los trabajadores nos bajan nuestros salarios,  nos suben los impuestos y nos hunden en la más completa ruina.  

Algunos analistas llegan a la conclusión que la desintegración del capitalismo tiene cierto paralelismo con la caída del Imperio Romano y debe ser cierto porque incluso el Papa se ha tenido que dar cuenta y ha dimitido ante el horror que se ha encontrado con los “jabalíes” dentro del recinto del Vaticano, porque parece ser que no es solo una “crisis espiritual” sino más bien “material y crematística”.  

Debido a los efectos de la recesión y los ataques del PP la clase trabajadora somos ahora más luchadores y fuertes que nunca, porque sabemos que toda la riqueza que existe es producto del esfuerzo del trabajador, y comprendemos que nos lo están robando, porque sin nuestro permiso no se movería una nueva, ni funcionaría un bus, ni un tren, ni un barco, ni la TV, la  luz, ni nada, pero las direcciones de la izquierda son débiles ideológicamente hablando y están en crisis, aunque sabemos que si luchamos juntos, todos a una, tenemos fuerzas suficientes para tumbar al PP, pero nuestras direcciones tienen miedo ante el panorama que se les abre.

Algunos todavía confían en que de aquí a 4, 5 o 7 años el capitalismo se pudiese recuperar, pero a qué coste y con qué frado de sufrimiento para la clase obrera no lo quieren ni evaluar, porque el PP, al igual que los partidos de derechas europeos, se han quedado sin paradigma para salir de la recesión en el corto plazo por lo que tenemos que reforzar nuestra lucha y nuestra exigencia de dimisiones reclamando elecciones anticipadas ya, porque esta situación dramática en la que hemos entrado nos llevarán, sino la cambiamos, a la absoluta catástrofe, aunque todavía hay esperanzas, pero con un nuevo modelo económico.

Siempre hemos venido insistiendo que una de las premisas más urgentes es, además del programa y la táctica adecuadas, el luchar por la más amplia democracia interna, en los partidos y sindicatos, así como en el resto del Estado, porque la genuina democracia no es un fin en sí mismo, sino que para los socialistas es un medio imprescindible para cambiar este modelo capitalista, caduco, corrupto, degenerado y obsoleto.

Si de verdad queremos una “democracia real ya”, como se vino gritando con la toma de las calles y las plazas en el amplio movimiento del 15-M y otros posteriores,  debemos exigirla primero dentro de nuestra organizaciones sociales, políticas y sindicales, porque la democracia es tan importante para la salud de la sociedad, que no puede quedarse en las cúpulas de las organizaciones aislando al pueblo de la toma de decisiones.

Por todo lo que venimos comentando, tenemos que seguir defendiendo que SI existe una alternativa para salir de la recesión, pero es preciso utilizar toda la creatividad maravillosa de la que es capaz el género humano y esa alternativa se llama el genuino SOCIALISMO, un modelo nuevo que debe ser construido entre la clase trabajadora toda, en unidad de acción y mejor organizados, contando con la participación activa y democrática  en  los sindicatos de clase, asociaciones vecinales, de los consumidores, de la juventud, de la mujer, de los pensionistas y demás organizaciones sociales, para defender y llevar a cabo el “programa socialista verdadero y científico” por el que merece la pena seguir luchando para construir esa sociedad verdaderamente socialista poniendo las bases para la transformación  de la sociedad, dando a cada cual el fruto de su trabajo, y que acabemos entre todos con la corrupción, los despilfarros, el paro, la miseria y la degeneración a la que el capitalismo nos ha arrastrado. Otro mundo mejor es posible, pero para ello debemos organizarnos desde las bases para conquistar juntos el verdadero socialismo. La lucha sirve, la lucha continúa...

ÁREA DE COMUNICACIÒN Y FORMACIÓN.
IZQUIERDA SOCIALISTA DE MÁLAGA-PSOE.A
is-psoe.malaga@terra.es



1 de marzo de 2013

TEORIA : "EL CAPITAL" (*)


das_capitalEl texto de Engels que reproducimos a continuación es una reseña escrita en 1867 al primer tomo de El Capital de Marx y publicada en Demokratisches Wochenblatt, un periódico obrero alemán que jugó un importante papel en la formación del Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania. De forma muy didáctica, y a la vez profunda y rigurosa, Engels esboza los fundamentos teóricos de la explotación capitalista. Consideramos muy oportuna su lectura, dada la profunda crisis en la que está inmerso el capitalismo y la brutal ofensiva que la burguesía está lanzando contra la clase obrera. Además, este material es un incentivo para que todos los trabajadores y jóvenes más concientes y comprometidos con la lucha por transformar la sociedad profundicen en la teoría marxista y, en particular, se animen a abordar esta obra maestra del pensamiento humano que es El Capital.

I
Desde que hay en el mundo capitalistas y obreros, no se ha publicado un solo libro que tenga para los obreros la importancia de éste. En él se estudia científicamente, por vez primera, la relación entre el capital y el trabajo, eje en torno del cual gira todo el sistema de la moderna sociedad, y se hace con una profundidad y un rigor sólo posibles en un alemán. Por más valiosas que son y serán siempre las obras de un Owen, de un Saint-Simon, de un Fourier, tenía que ser un alemán quien escalase la cumbre desde la que se domina, claro y nítido —como se domina desde la cima de las montañas el paisaje de las colinas situadas más abajo—, todo el campo de las modernas relaciones sociales.

La contradicción que la teoría económica burguesa no resolvió.-

La economía política al uso nos enseña que el trabajo es la fuente de toda la riqueza y la medida de todos los valores, de tal modo, que dos objetos cuya producción haya costado el mismo tiempo de trabajo encierran idéntico valor; y como, por término medio, sólo pueden cambiarse entre sí valores iguales, esos objetos deben poder ser cambiados el uno por el otro. Pero, al mismo tiempo, nos enseña que existe una especie de trabajo acumulado, al que esa Economía da el nombre de capital, y que este capital, gracias a los recursos auxiliares que encierra, eleva cien y mil veces la capacidad productiva del trabajo vivo, en gracia a lo cual exige una cierta remuneración, que se conoce con el nombre de beneficio o ganancia. Todos sabemos que lo que sucede en realidad es que, mientras las ganancias del trabajo muerto, acumulado, crecen en proporciones cada vez más asombrosas y los capitales de los capitalistas se hacen cada día más gigantescos, el salario del trabajo vivo se reduce cada vez más, y la masa de los obreros, que viven exclusivamente de un salario, se hace cada vez más numerosa y más pobre. ¿Cómo se resuelve esta contradicción? ¿Cómo es posible que el capitalista obtenga una ganancia, si al obrero se le retribuye el valor íntegro del trabajo que incorpora a su producto? Como el cambio supone siempre valores iguales, parece que tiene necesariamente que suceder así. Más, por otra parte, ¿cómo pueden cambiarse valores iguales, y cómo puede retribuírsele al obrero el valor íntegro de su producto, si, como muchos economistas reconocen, este producto se distribuye entre él y el capitalista? Ante esta contradicción, la Economía al uso se queda perpleja y no sabe más que escribir o balbucir unas cuantas frases confusas, que no dicen nada. Tampoco los críticos socialistas de la Economía política, anteriores a nuestra época, pasaron de poner de manifiesto la contradicción; ninguno logró resolverla, hasta que Marx, por fin, analizó el proceso de formación de la ganancia, remontándose a su verdadera fuente y poniendo en claro, con ello, todo el problema.
¿De dónde nace la plusvalía?

plusvalia_trabajoEn su investigación del capital, Marx parte del hecho sencillo y notorio de que los capitalistas valorizan su capital por medio del cambio, comprando mercancías con su dinero para venderlas después por más de lo que les han costado. Por ejemplo, un capitalista compra algodón por valor de 1.000 táleros y lo revende por 1.100, “ganando” por tanto 100 táleros. Este superávit de 100 táleros, que viene a incrementar el capital primitivo, es lo que Marx llama plusvalía. ¿De dónde nace esta plusvalía? Los economistas parten del supuesto de que sólo se cambian valores iguales, y esto, en el campo de la teoría abstracta, es exacto. Por tanto, la operación consistente en comprar algodón y en volverlo a vender, no puede engendrar una plusvalía, como no puede engendrarla el hecho de cambiar un tálero por treinta silbergroschen o el de volver a cambiar las monedas fraccionarias por el tálero de plata. Después de realizar esta operación, el poseedor del tálero no es más rico ni más pobre que antes. Mas la plusvalía no puede brotar tampoco del hecho de que los vendedores coloquen sus mercancías por más de lo que valen o de que los compradores las obtengan por debajo de su valor, porque los que ahora son compradores son luego vendedores, y, por tanto, lo que ganan en un caso lo pierden en el otro. Ni puede provenir tampoco de que los compradores y vendedores se engañen los unos a los otros, pues eso no crearía ningún valor nuevo o plusvalía, sino que haría cambiar únicamente la distribución del capital existente entre los capitalistas. Y no obstante, a pesar de comprar y vender las mercancías por lo que valen, el capitalista saca de ellas más valor del que ha invertido. 

¿Cómo se explica esto?

Bajo el régimen social vigente, el capitalista encuentra en el mercado una mercancía que posee la peregrina cualidad de que, al consumirse, engendra nuevo valor, crea un nuevo valor: esta mercancía es la fuerza de trabajo.
La fuerza del trabajo

¿Cuál es el valor de la fuerza de trabajo? El valor de toda mercancía se mide por el trabajo necesario para producirla. La fuerza de trabajo existe bajo la forma del obrero vivo, quien para vivir y mantener además a su familia que garantice la persistencia de la fuerza de trabajo aun después de su muerte, necesita una determinada cantidad de medios de vida. El tiempo de trabajo necesario para producir estos medios de vida representa, por tanto, el valor de la fuerza de trabajo. El capitalista se lo paga semanalmente al obrero y le compra con ello el uso de su trabajo durante una semana. Hasta aquí, esperamos que los señores economistas estarán, sobre poco más o menos, de acuerdo con nosotros, en lo que al valor de la fuerza de trabajo se refiere.

El capitalista pone a su obrero a trabajar. El obrero le suministra al cabo de determinado tiempo la cantidad de trabajo representada por su salario semanal. Supongamos que el salario semanal de un obrero equivale a tres días de trabajo; si el obrero comienza a trabajar el lunes, el miércoles por la noche habrá reintegrado al capitalista el valor íntegro de su salario. Pero, ¿es que deja de trabajar una vez conseguido esto? Nada de eso. El capitalista le ha comprado el trabajo de una semana; por tanto, el obrero tiene que seguir trabajando los tres días que faltan para ésta. Este plustrabajo del obrero, después de cubrir el tiempo necesario para reembolsar al patrono su salario, es la fuente de la plusvalía, de la ganancia, del incremento progresivo del capital.
marxengelsY no se diga que eso de que el obrero rescata en tres días, trabajando, el salario que percibe, y que durante los tres días restantes trabaja para el capitalista, es una suposición arbitraria. Por el momento, nos tiene absolutamente sin cuidado, y es cosa que depende de las circunstancias, el que para reponer el salario necesite realmente tres días, o dos, o cuatro; lo importante es que, además del trabajo pagado, el capitalista le saca al obrero trabajo que no le retribuye. Y esto no es ninguna suposición arbitraria, ya que el día en que el capitalista, a la larga, sólo sacase del obrero el trabajo que le remunera mediante el salario, cerraría la fábrica, pues toda su ganancia se iría a pique.

He aquí la solución de todas aquellas contradicciones. El nacimiento de la plusvalía (de la que una parte importante constituye la ganancia del capitalista) es, ahora, completamente claro y natural. Al obrero se le paga, ciertamente, el valor de la fuerza de trabajo. Lo que ocurre es que este valor es bastante inferior al que el capitalista logra sacar de ella, y la diferencia, o sea el trabajo no retribuido, es lo que constituye precisamente la parte del capitalista, o mejor dicho, de la clase capitalista. Pues, hasta la ganancia que en nuestro ejemplo de más arriba obtenía el comerciante algodonero al vender el algodón, tiene que provenir necesariamente, si la mercancía no sube de precio, del trabajo no retribuido. El comerciante tiene que vender su mercancía a un fabricante de tejidos de algodón, quien puede sacar del artículo que fabrica, además de aquellos 100 táleros, un beneficio para sí, compartiendo, por tanto, con el comerciante el trabajo no retribuido que se embolsa. De este trabajo no retribuido viven en general todos los miembros ociosos de la sociedad. De él salen los impuestos que cobran el Estado y el municipio, en la parte que grava a la clase capitalista, la renta del suelo abonada a los terratenientes, etc. Sobre él descansa todo el orden social existente.

Sería necio, sin embargo, creer que el trabajo no retribuido solo ha surgido bajo las condiciones actuales, en que la producción corre a cargo de capitalistas de una parte y de obreros asalariados de otra parte. Nada más lejos de la verdad. La clase oprimida se ha visto forzada a rendir trabajo no retribuido en todas las épocas de la historia. Durante los largos siglos en que la esclavitud era la forma dominante de organización del trabajo, los esclavos se veían obligados a trabajar mucho más de lo que se les pagaba en forma de medios de vida. Bajo la dominación de la servidumbre de la gleba y hasta la abolición de la prestación personal campesina, ocurría lo mismo; aquí, incluso adquiría forma tangible la diferencia entre el tiempo durante el cual el campesino trabajaba para su propio sustento y el plustrabajo que rendía para el señor feudal, precisamente porque éste lo ejecutaba en otro sitio que aquel. Hoy, la forma ha cambiado, pero el fondo sigue siendo el mismo, y mientras “una parte de la sociedad posea el monopolio de los medios de producción, el obrero, sea libre o no libre, no tendrá más remedio que añadir al tiempo durante el cual trabaja para su propio sustento un tiempo de trabajo adicional para producir los medios de vida destinados a los poseedores de los instrumentos de producción”.

II
Veíamos en nuestro articulo anterior que todo obrero enrolado por el capitalista ejecuta un doble trabajo: durante una parte del tiempo que trabaja, repone el salario que el capitalista le adelanta, y esta parte del trabajo es lo que Marx llama trabajo necesario. Pero luego, tiene que seguir trabajando y producir la plusvalía para el capitalista, una parte importante de la cual representa la ganancia. Esta parte de trabajo recibe el nombre de plustrabajo.
 
Supongamos que el obrero trabaja durante tres días de la semana para reponer su salario y tres días para crearle plusvalía al capitalista. Expresado en otros términos, esto vale tanto como decir que, si la jornada es de doce horas, trabaja seis horas por su salario y otras seis para la producción de plusvalía. De una semana sólo pueden sacarse seis días o siete, a lo sumo, incluyendo el domingo; en cambio, a cada día se le pueden arrancar seis, ocho, diez, doce, quince horas de trabajo, y aún más. El obrero vende al capitalista, por el jornal, una jornada de trabajo. Pero ¿qué es una jornada de trabajo? ¿Ocho horas, o dieciocho?

La jornada de trabajo.-

Al capitalista le interesa que la jornada de trabajo sea lo más larga posible. Cuanto más larga sea, mayor plusvalía rendirá. Al obrero le dice su certero instinto que cada hora más que trabaja, después de reponer el salario, es una hora que se le sustrae ilegítimamente, y sufre en su propia pelleja las consecuencias del exceso de trabajo. El capitalista lucha por su ganancia, el obrero por su salud, por un par de horas de descanso al día, para poder hacer algo más que trabajar, comer y dormir, para poder actuar también en otros aspectos como hombre. Diremos de pasada que no depende de la buena voluntad de cada capitalista en particular luchar o no por sus intereses, pues la competencia obliga hasta a los más filantrópicos a seguir las huellas de los demás, haciendo a sus obreros trabajar el mismo tiempo que trabajan los otros.
 
La lucha por conseguir que se fije la jornada de trabajo dura desde que aparecen en la escena de la historia los obreros libres hasta nuestros días. En distintas industrias rigen distintas jornadas tradicionales de trabajo, pero, en la práctica, son muy contados los casos en que se respeta la tradición. Sólo puede decirse que existe verdadera jornada normal de trabajo allí donde la ley fija esta jornada y se encarga de velar por su aplicación. Hasta hoy, puede afirmarse que esto sólo acontece en los distritos fabriles de Inglaterra. En las fábricas inglesas rige la jornada de diez horas (o sea, diez horas y media durante cinco días y siete horas y media los sábados) para todas las mujeres y los chicos de trece a dieciocho años; y como los hombres no pueden trabajar sin la cooperación de aquellos elementos, de hecho también ellos disfrutan la jornada de diez horas. Los obreros fabriles de Inglaterra arrancaron esta ley a fuerza de años y años de perseverancia en la más tenaz y obstinada lucha contra los fabricantes, mediante la libertad de prensa y el derecho de reunión y asociación y explotando también hábilmente las disensiones en el seno de la propia clase gobernante. Esta ley se ha convertido en el paladión de los obreros ingleses, ha ido aplicándose poco a poco a todas las grandes ramas industriales, y el año pasado se hizo extensiva a casi todas las industrias, por lo menos a todas aquellas en que trabajan mujeres y niños. Acerca de la historia de esta reglamentación legal de la jornada de trabajo en Inglaterra, se contienen datos abundantísimos en la obra que estamos comentando. En el próximo Reichstag del Norte de Alemania se deliberará también acerca de una ordenanza industrial, y, por tanto, se pondrá a debate la reglamentación del trabajo fabril. Esperamos que ninguno de los diputados elegidos por los obreros alemanes intervendrá en la discusión de esta ley sin antes familiarizarse bien con el libro de Marx. Aquí se podrá lograr mucho. Las disensiones que existen en el seno de las clases dominantes son más propicias para los obreros que lo han sido nunca en Inglaterra, porque el sufragio universal obliga a las clases dominantes a captarse las simpatías de los obreros. En estas condiciones, cuatro o cinco representantes del proletariado, si saben aprovecharse de su situación, y sobre todo si saben de qué se trata, cosa que no saben los burgueses, pueden constituir una fuerza. El libro de Marx pone en sus manos, perfectamente dispuestos, todos los datos necesarios.

La acumulación de capital.-

acumulacion_capitalPasaremos por alto una serie de excelentes investigaciones, de carácter más bien teórico, y nos detendremos tan sólo en el capítulo final de la obra, que trata de la acumulación del capital. En este capítulo se pone primero de manifiesto que el método capitalista de producción, es decir, el método de producción que presupone la existencia de capitalistas, por una parte, y de obreros asalariados, por otra, no sólo le reproduce al capitalista constantemente su capital, sino que reproduce, incesantemente, la pobreza del obrero, velando, por tanto, por que existan siempre, de un lado, capitalistas que concentran en sus manos la propiedad de todos los medios de vida, materias primas e instrumentos de producción, y, de otro lado, la gran masa de obreros obligados a vender a estos capitalistas su fuerza de trabajo por una cantidad de medios de vida que, en el mejor de los casos, sólo alcanza para sostenerlos en condiciones de trabajar y de criar una nueva generación de proletarios aptos para el trabajo. Pero el capital no se limita a reproducirse, sino que aumenta y crece incesantemente, con lo cual aumenta y crece también su poder sobre la clase de los obreros desposeídos de toda propiedad. Y, del mismo modo que el capital se reproduce a sí mismo en proporciones cada vez mayores, el moderno modo capitalista de producción reproduce igualmente, en proporciones que van siempre en aumento, en número creciente sin cesar la clase de los obreros desposeídos. “La acumulación del capital reproduce la relación del capital en una escala mayor: a más capitalistas o a mayores capitalistas en un polo, en el otro polo más obreros asalariados... La acumulación del capital significa, por tanto, el crecimiento del proletariado”. Pero, como los progresos de la maquinaria, el cultivo perfeccionado de la tierra, etc., hacen que cada vez se necesiten menos obreros para producir la misma cantidad de artículos, y como este perfeccionamiento, es decir, esta creación de obreros sobrantes, aumenta con mayor rapidez que el propio capital creciente, ¿qué se hace de este número, cada vez mayor, de obreros superfluos? Forman un ejército industrial de reserva, al que en las épocas malas o medianas se le paga menos de lo que vale su trabajo, que trabaja sólo de vez en cuando o se queda a merced de la beneficencia pública, pero que es indispensable para la clase capitalista en las épocas de gran actividad, como ocurre actualmente, a todas luces, en Inglaterra, y que en todo caso sirve para vencer la resistencia de los obreros ocupados normalmente y para mantener bajos sus salarios. “Cuanto mayor es la riqueza social... tanto mayor es la superpoblación relativa, es decir, el ejército industrial de reserva. Y cuanto mayor es este ejército de reserva, en relación con el ejército obrero activo (o sea, con los obreros ocupados normalmente), tanto mayor es la masa de superpoblación consolidada (permanente), es decir, las capas obreras cuya miseria está en razón inversa a sus tormentos de trabajo. Finalmente, cuanto más extenso es en la clase obrera el sector de la pobreza y el ejército industrial de reserva, tanto mayor es también el pauperismo oficial. Tal es la ley absoluta, general, de la acumulación capitalista”.
 
He ahí, puestas de manifiesto con todo rigor científico —los economistas oficiales se guardan mucho de intentar siquiera refutarlas— algunas de las leyes fundamentales del moderno sistema social capitalista. Pero, ¿queda dicho todo, con esto? No, ni mucho menos. Con la misma nitidez con que destaca los lados negativos de la producción capitalista, Marx pone de relieve que esta forma social era necesaria para desarrollar las fuerzas productivas sociales hasta un nivel que haga posible un desarrollo igual y digno del ser humano para todos los miembros de la sociedad. Todas las formas sociales anteriores eran demasiado pobres para esto. Sólo la producción capitalista crea las riquezas y las fuerzas productivas necesarias para ello, pero crea también, al mismo tiempo, con las masas de obreros oprimidos, una clase social obligada más y más a tomar en sus manos estas riquezas y fuerzas productivas, para conseguir que sean aprovechadas en beneficio de toda la sociedad y no, como hoy, en el de una clase monopolista.

(*) Texto de Federico Engels.